"Escarbe el pasado y perderá un ojo, pero olvide el pasado y perderá los dos."

Juan David Correa, editor, escritor y periodista, publicó el siguiente texto hace unos días como una reflexión directa y sin concesión sobre estado de la cultura en Colombia. Nos unimos a esta voz, que observa y dice las cosas de frente. El país vive un periodo oscuro y estas palabras expresan nuestras inquietudes y angustias. El futuro del sector audiovisual, fragilizado, está en juego.

Escarbe el pasado y perderá un ojo, pero olvide el pasado y perderá los dos.

Un señor se cose la boca y se arma un debate sobre el significado de su gesto. Lo hace como protesta por el abandono estatal al sector cultural. Alejandra Borrero debe cerrar su espacio Casa Ensamble en La Soledad bogotana. Ningún artista arrisca —ni con pandemia ni sin pandemia— porque en el país de las cincuenta masacres que nos va dejando este 2020, “hay muchas necesidades”. Declara Alejandra que hacer proyectos artísticos es imposible si hay que repicar y estar en la procesión.

Desde el Ministerio de Cultura se lanzan salvavidas naranjas con la monserga de “CREA (pero consigue apoyo empresarial)”. Las secretarías de cultura de los departamentos parecen subsumidas en la idea general de que no estamos para teatro cuando la gente está para otros menesteres y hay que administrar el presupuesto. Acá no estamos para subvencionar a nadie como en Francia, ni más faltaba —o quizás sí, pero que sean aerolíneas multinacionales—. Si sigue el arrasamiento pronto las películas colombianas se podrán contar con los dedos de la mano como en los años ochenta y noventa. La industria editorial se contrae a pasos agigantados. La cultura popular no es materia siquiera de reflexión: se apagan las verbenas, los festivales, las artesanías, las ferias, la música que no puede suceder por streaming.

La clase media, dedicada a arañar presupuestos para intentar armar proyectos independientes, sabe que poco a poco se apaga la luz. Muchos aseguran que no es el momento de ser pesimistas pero ante la insensibilidad general, la cultura parece condenada en Colombia a ser la convidada de piedra “para cuando las cosas mejoren”.

Hay foros y debates en nichos académicos. No se advierten, sin embargo, liderazgos más amplios que puedan interpelar al estado nacional o departamental con cifras, hechos y datos concretos pues la alta informalidad del sector es otra de las taras que arrastra desde siempre: quien tiene la información tiene el poder. ¿Le importa al país lo cultural?¿Aparece siquiera mencionado en los debates políticos, sociales o familiares? Es muy probable que no.

Acá sacamos pecho cuando alguien consigue desatacar —en general náufragos que remaron solos y llegaron a otra orilla—. Nos leemos poco, nos vemos poco, nos escuchamos poco. Nos importamos poco.

Ese, también, en otro día triste en esta esquina del mundo parece ser nuestro destino: no hemos entendido que gracias a la cultura podemos reconocernos. Tal vez eso es en últimas lo que no queremos: si el país se mirara al espejo sentiría dolor. Y el dolor incomoda. Mejor seguir anestesiados. O hablar de señores que se cosen la boca para salir en las noticias. “Escarbe el pasado y perderá un ojo, pero olvide el pasado y perderá los dos”, decía Solzhenitsyn.

*Juan David Correa, editor, escritor y periodista. Fue jefe de redaccción de la revista cultural Arcadia (2014-2018), cronista media, responsable cultural. Ha publicado los libros Todo pasa pronto, Casi nunca es tardeEl barro y el silencio chez Laguna Libros. Es fundador de la casa editorial El Peregrino Ediciones y director literario de Planeta en Colombia.


Traduction Vincent Patouillard